Saturday, May 26, 2007

Burbujas


Ilustración para el libro con Pilar .

Silencios de jabón
Cuando salí a la calle reinaba un silencio total. No se oían los pájaros, ni
los coches, ni siquiera el taconeo de la taladradora que estaba picoteando
el asfalto.

Le pregunté a un guardia urbano la causa de tan extraño fenómeno pero de los
labios en vez de palabras salieron burbujas cristalinas que se fueron a
romper contra la nariz del policía. Avergonzado cerré la boca agredido, a la
vez, por un chorro de pompas jabonosas procedentes de la boca de mi
interlocutor.

Otro agente intentó intervenir en la chocante escena y de nuevo en vez de
voces, las esferas ingrávidas invadieron impúdicas nuestras caras y orejas.
Niños y mujeres apuraron el paso para escapar de aquella locura pero en su
huida aleccionaban a sus hijos dejando regueros de pompas danzarinas a
diestro y siniestro, a las que los niños contestaban inmediatamente con sus
propias borbotones de cristal.

En pocos minutos la calle se pasto del caos. Cientos de coches, seres
humanos, animales y objetos se desdibujaban en un amasijo de círculos
desiguales que nadie podía interpretar a pesar de estar, posiblemente
hablando la misma lengua. Lo malo es que nadie parecía entenderla, ni tener
la capacidad de escuchar o disponer de los recursos básicos para distinguir
las pompas propias de los regurgutios ajenos.
Cuando la chocante escena comenzó a parecerme un mal sueño y el mal sueño, a
tornarse en la peor de las pesadillas.

noté un fuerte golpe en la boca del estómago que me dejó sin aliento.

-Jorge ¡deja ya de escupir como un aspersor. Me estás poniendo perdida de
babas! -me recriminó con rencor la mujer morena, que dormía a mi lado.

Y, aún envuelto en las brumas de la ficción escurridiza, me di cuenta de la
causa de todos mis insomnios y de aquellas ataques de melancolía que me
acometían cada atardeder, cuando miraba el ruido de la calle desde el
silencio del salón y Beatriz se empeñaba en leerme poesías barrocas o
estrofas gregorianas a media luz sin que ningún sonido perturbara el sentido
de los versos ni la cadencia de la rima.

Condenado a permanecer en una burbuja tan limitada y silenciosa me había
olvidado de cómo sonaba el mundo exterior, de los olores de las tascas y
hasta del timbre de mi propia voz y, no sé porque de repente me sentí
incapaz de continuar un día más con aquel noviazgo de jabón dentro del cual
la vida se había vuelto sordomuda, sabía a pan sin sal y estaba vacía de
cualquier significado.


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